martes, 15 de noviembre de 2011

Papeles blancos de tintas negras

Este escrito es de hace bastante ya, como medio año o así, pero me apetecía publicarlo, así que, ahí va.


A veces una página en blanco nos llama. Dulcemente. Nos susurra: “quédate”.
Otras, sin embargo, nos repele, sentimos vértigo sólo de sentarnos frente a ella.
Cuando la sensación que nos invade es ese frenesí de querer vaciarnos como un tarro de tinta sobre un folio en blanco, no hacerlo es casi doloroso, antinatural. Es como cerrar un cajón lleno, el cual ya no puede almacenar nada más.
No obstante, cuando no hay nada dentro de ese cajón, la vaciedad es insufrible, como un día sin agua. La obviedad de nuestra vacuidad interna es dolorosa. Así que, como seres pragmáticos, evitamos cualquier tipo de dolor a toda costa y seguimos nuestro camino sin mirar detenidamente en nuestro interior. Escribiendo sin mirar.

A veces, escribimos nuestra vida con tinta invisible. Escribimos sin ver el contenido de nuestro escrito. Sabemos que llevamos muchas páginas redactadas, sabemos que estamos yendo hacia algún lugar. Pero, sin embargo, si nos preguntamos que hemos estado escribiendo hasta ahora no sabríamos qué decir. Como tampoco sabríamos contestar con solvencia a dónde nos lleva nuestra historia.

Cuando escribimos con tinta invisible, realmente es porque no hemos constatado que nuestro tintero está vacío y por inercia seguimos ejerciendo el movimiento de escribir.
Cuando escribimos con tinta invisible, realmente no estamos asumiendo todas las cosas que podríamos y que querríamos decir pero que no decimos. Porque no nos atrevemos a manchar, a impregnar ese papel con nuestros deseos, miedos, sueños.

La vaciedad es algo que germina en nuestro interior como un tubérculo. Crece y no lo vemos, bajo tierra, soterrado, ignorado. Sin embargo, ese tubérculo de inconsistencia se va nutriendo de nuestras palabras, de nuestra tinta. Hasta dejarnos secos, marchitos, invisibles hasta para nosotros mismos.

Supongo que yo había estado escribiendo con un tintero vacío. Hacía un poco por hacer, moviéndome por inercia…sin saber interpretar mis propios pasos.
Rasgando el papel con una plumilla áspera, dura, seca…

Pero, ¿sabéis qué? Aunque evidentemente yo no sé el final de la historia, pues soy a la vez autora y lectora de la misma, me encanta saber que hay cosas importantes que forman parte de ella. Me encanta llenar mi tintero con esa tinta oscura, profunda y consistente, que da vida a las palabras y las palabras a la vida, vida.

Escribamos, redactemos, verbalicemos, expresémonos...sentimientos expresados son nuestra pluma y nuestra tinta...nosotros...quienes escribimos la historia...la cual empieza ahora




No hay comentarios:

Publicar un comentario